Premiados FIBAR y homenaje a María Dolores Boadas

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(C) Fibar

Esta noche se han fallado los premios de FIBAR, el congreso sobre coctelería que se está celebrando estos días en Valladolid y que alcanza este año su tercera edición. Los premios se conceden por votación de los profesionales del sector (y afines: en pro de la transparencia, admito que yo era una de los votantes) y sirven para destacar a productos, profesionales y conceptos. Los galardonados de este año han sido:

Mejor Barman Borja Cortina
Mejor Brand AmbassadorJorge Peña
Mejor Coctelería –Creps al Born
Mejor Menú de Cócteles –La Terraza de Óscar
Mejor Nuevo Producto –Danzantes
Mejor Producto del AñoRon Botrán

Unos premios bastante alejados de la órbita de las dos grandes de las bebidas alcohólicas, con algunas victorias más o menos previsibles (la de Cortina) y otras no tan esperadas (Creps al Born es quizás lo más alejado que uno pueda imaginarse de la ganadora del año pasado, el Dry 1862).

Además, la organización aprovechó también la noche para homenajear a María Dolores Boadas, un homenaje que, aunque quizás debiera haber llegado antes, como mínimo llega a tiempo. Me entristece más ver cómo fuera de la coctelería, en el mundo de la gastronomía en general -un mundillo en el que hay congresos cada tres minutos y en el que se pelotea pone en valor cualquier novedad – su figura es prácticamente desconocida y a veces se cae en el paternalismo literal de considerarla tan sólo «hija de», cuando por méritos propios María Dolores Boadas no sólo debería figurar en la historia de los bares españoles sino en la de los todo el mundo. En primer lugar, porque mantener durante tantas décadas un negocio como el Boadas, y mantenerlo tras un comienzo tan exitoso, y en parte durante unos años de cierta oscuridad, es una tarea labor al alcance de poquísimos. Y en segundo -y no es un tema que haya perdido actualidad, como salta a la vista por la foto superior- porque fue una de las  pioneras no sólo en estar detrás de una barra, sino en dirigir un bar. Cuando hoy en día todavía hay muchos empresarios de la hostelería que consideran a sus barmaids un puro florero, cuando hay quien todavía piensa que el camino de atraer mujeres a los bares es hacer cócteles dulzones y con colorines, cuando apenas se ven chicas en los cursos de gestión, María Dolores Boadas fue conocida y respetada en plena dictadura. Así que esperemos que el de FIBAR no sea sino el primero de una serie de homenajes, y que éstos tengan lugar mientras todavía ella pueda verlos. En su legado está nuestro futuro.

Noticias breves: curso Alberto Pizarro, Jazz & Cooking Valencia

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Recupero la sección de agenda y novedades del blog para comunicaros dos «saraos» próximos con buena pinta. Por un lado, la gente de Cocktail Lab nos comenta que ha comenzado a colaborar con la prestigiosa escuela de cocina Hoffman de Barcelona para ofrecer en ella cursos de coctelería. Irán a cargo de Alberto Pizarro, de Bobby Gin (y ganador de la Diageo-World Class 2011, Mejor Barman del Año en Fibar 2014, Teichené, ACR-Rum… ¡no sabemos cuándo duerme!), y el primero tendrá lugar el 20 de noviembre de 18:00 a 20:00. Su precio es de 90€ y en el se impartirán fundamentos de coctelería y recetario clásico. Podéis encontrar más información aquí.

El otro evento nos llega de la mano de Fever-tree, que participará en el festival Jazz & Cooking de gastronomía y jazz (no iba a ser de coches, claro) junto a la marca de destilados VanDyck, con la que han creado una serie de combinados inspirados por grandes nombres del jazz (Miles Davis, Billie Holiday…). Podréis probarlos en la Rambleta de Valencia este viernes 6 de noviembre. Más información aquí.

Recordad que podéis hacernos llegar vuestras convocatorias y notas de prensa a unaodoscopas (arroba) gmail (punto) com.

Productos: el pacharán de Navarra

El pacharán es un producto de inmerecida mala fama. Fuera de Navarra aún se lo conoce relativamente poco, y aunque no es infrecuente verlo servido como digestivo tras, pongamos, una cena de empresa, lo más habitual no es todavía verlo en casa o como ingrediente para cócteles. Yo misma debo reconocer que apenas lo conocía y que no es de los habituales en mi mueble bar.

Por invitación de Reyno Gourmet, el sello que agrupa los productos de calidad de Navarra (D.O. vinos de Navarra, IGPs, certificados de producción ecológica, etc), he pasado unos días en la comunidad para descubrir la gastronomía de la zona; y en uno de ellos le tocó el turno al pacharán. Para conocerlo fuimos al Palacio de la Vega del Pozo, en Dicastillo. Esta antigua finca, que hiciera construir y acondicionar la Condesa de la Vega en el siglo XIX, alberga ahora a una de las principales marcas de este licor. Además de la parte industrial, en la que se hace la producción como tal, la finca también acoge la antigua mansión nobiliaria -que es como uno se imagina las mansiones nobiliarias de las novelas góticas- y un jardín en el que entre castaños, tejos, cedros del Líbano y pinos se han plantado endrinos.

El pacharán navarro se fabrica de acuerdo a unos parametros que establece el consejo regulador de la Indicación Geográfica Protegida que lo regula. Su presidente, Adrián Subia, nos contó que uno de los primeros proyectos que llevó a cabo la IGP fue la domesticación del arbusto del que brotan las endrinas, el Prunus Spinosa. Esto, que puede hacer pensar en probetas y batas blancas, en realidad resultó bastante sencillo, dado que el endrino es un pariente cercano de melocotones y ciruelas, con lo que a base de injertos y utilizando las técnicas de cultivo de éstos, la producción de algunas marcas ya se hace íntegramente con endrinos navarros (anteriormente, y en algunos casos, las frutas proceden de Rumanía y Bulgaria). El endrino se cosecha en otoño, con un método similar al de los olivos (una máquina agita el arbusto sobre unas lonas hasta que caen las frutas) y luego se deja macerar durante dos meses en anisado (que, básicamente, es un aguardiente dulce con un ligero sabor a anís). La maceración -bien sea en un humilde bote de conservas de cristal, o en las enormes botellas de metal de una fábrica- se remueve de vez en cuando. Y ya está. Sospecho que el caché del pacharán aumentaría en caso de tener una fabricación misteriosa, una lista de botánicos místicos, una maduración en barricas de árboles sagrados japoneses, y unas añadas marcadas por el signo de los astros. Pero su sabor -un equilibrio delicado pero nada barroco entre las notas fenólicas del anís, la astringencia del endrino y la dulzura del alcohol- es diáfano, y se presta poco a arrebatos de coleccionista snob. Una honestidad conceptual y en la fabricación que resulta valiente dentro de un sector lleno de imposturas de marketing, en el que todo el mundo quiere ser más premium que el de al lado.

Pero allá donde otros productos inventan pasados míticos, con recetas teóricamente elaboradas en secreto por agricultores de alguna remota cordillera, tenemos una primera referencia escrita acerca del aguardiente de endrinas en 1441, cuando aparece referenciado como medicina digestiva de la reina Blanca de Navarra. Por contextualizar: aunque han pasado dos siglos desde su entrada en Europa, el alambique sigue siendo tecnología de vanguardia, y deberán pasar aún dos siglos más hasta que en Gran Bretaña despegue la ginebra. Más de quinientos años de un producto similar -aunque obviamente más refinado hoy en día- que pasó de ser remedio para los problemas de estómago a bebida comercial en una fecha tan tardía como 1956. Un producto, pues, de larga tradición pero también con la mirada puesta en el futuro. Además de probar el pacharán clásico, tuvimos ocasión de degustar por ejemplo el de la marca Berezko, con una proporción más alta de endrino -lo que lo hacía más ácido- y macerado a partir de una selección de los mejores endrinos de cada año, con un paso en boca que era seda pura. Además, durante la visita -que se lleva a cabo durante todo el año por unos irrisorios 5€ por persona- elaboramos nuestra propia botella llena de endrinos y anisado que estas Navidades se habrá convertido en pacharán.

Y uno de los finales posibles de ese pacharán será el de formar parte de un cóctel. Aquí, Reyno de Navarra nos trajo a Diego Cabrera -del que el lector de este blog muy probablemente sepa ya que es uno de los primerísimas espadas de este país- quien nos deleitó con uno de los suyos. Un combinado sin nombre, con hierbabuena majada en azúcar, pulpa de fruta de la pasión, zumo de limón, ginebra y pacharán agitados y servidos sobre hielo pilé, que se presentaban en un vaso de julepe, con una decoración de pipeta de pacharán, naranja deshidratada y pimienta. Por desgracia, el vídeo que grabé vía Periscope no se guardó (¡grrrr!) por lo que me veré obligada a experimentar hasta dar con los proporciones adecuadas en casa. Sacrificios que hace una por el blog…

Bares: el American Bar del Hotel Savoy de Londres

Voy a decirlo y lo repetiré unas cuantas veces: estuve en el Savoy. Sí, el Savoy de Londres. A riesgo de convertir este blog en una redacción escolar de ésas de «Qué hice el último verano», quiero contar por qué el American Bar es tan importante para la historia de la coctelería. Lo que explica, a su vez, por qué me hizo tanta ilusión visitarlo.

El Savoy es un hotelazo de Londres que responde a lo que uno se imagina los hotelazos de Londres cuando repesca Arriba y abajo o lee las novelas de Agatha Christie. Enorme y elegante, no destacaría tanto en una ciudad que rebosa de hoteles enormes y elegantes. Pero el Savoy tiene Historia en mayúsculas. Por aquí pasó como director César Ritz (el apellido lo dice todo), aquí revolucionó la cocina el augusto Escoffier (Auguste de nombre), en sus salones cantó Caruso y en su bar… En su bar ocurrieron muchas cosas.

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Ada Coleman.

Tal y como indica la edición de 2014 del Savoy Cocktail Book, del que contaré algo más en unos momentos, el American Bar del Savoy no fue el primero que hubo en Londres en el que se servían cócteles «a la americana» (en oposición al modo inglés de mezclar las bebidas con soda y poco más), pero si el más longevo, porque está documentado desde 1893. El American Bar, que hoy podría parecernos un reducto de clasicismo por su decoración decó y sus bartenders con chaquetillas es cualquier cosa menos eso.

Entre sus hitos se cuenta haber tenido tras la barra ya en los años veinte a un equipo de mujeres, encabezado por Ada Coleman, aunque no era la única, porque estaba acompañada de la casi olvidada Ruth Burgess, con la que Coleman trabajó en tándem, para regocijo de la prensa -que las llamó «Kitty y Coley-» y horror de los conservadores americanos que llegaban huyendo de la Prohibición.

Harry Craddock

Para su desgracia, entre estos «fugitivos» se contaba el que iba a convertirse quizás en el segundo barman más admirado universalmente, si exceptuamos a la figura titánica de Jerry Thomas. Harry Craddock, británico emigrado a Estados Unidos y reinmigrado a su tierra natal huyendo de la Prohibición, logró pronto que Coleman y Burgess desaparecieran de detrás de la barra, según cuentan Jared Brown y Anistatia Miller en su libro The Deans Of Drink. Muy, pero que muy feo, Harry.

Pero él no sólo se convirtió en una celebridad, de creatividad exuberante y gran éxito entre la moderna clientela sino que -y esto es más importante- en 1930 marcaría directamente historia de la coctelería. La dirección del hotel decidió editar un libro sobre cócteles y vinos, y, naturalmente, la parte de la mixología recayó en Craddock. El libro, ilustrado con pequeñas viñetas art decó y salpicado de divertidos comentarios, se convirtió en un best seller inmediato y sigue siendo un texto poco menos que imprescindible. El Savoy Cocktail book se ha ido reeditando periódicamente, y los sucesivos jefes de barra han ido añadiéndole sus propias creaciones, lo que lo convierte en un recetario vivo. En la última edición también se incluyen unas cuantas recetas del Beaufort bar, el nuevo bar del Savoy, que, por cierto, le hace la competencia a su hermano mayor y se ha colado en las listas de mejores bares de hotel del mundo.

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Cócteles en el Beaufort bar, el «otro» bar del Savoy. En sentido horario, comenzando arriba a la izquierda, 20th century cocktail, White lady, Aviation, Last word.

El Beaufort, en el que estuvimos más tarde, se centra más en la coctelería contemporánea, aunque en mi grupo probamos cuatro grandes clásicos: el White Lady (la creación más conocida de Craddock y uno de esos cócteles que pasan bien siempre), el Last Word (del que nunca seré gran fan por su punto anisado), el Aviation (uno de mis favoritos de toda la vida, que cuando está bien hecho es de una delicadeza angelical) y un 20th century cocktail (el único que no había probado hasta entonces y que eclipsó al Aviation.).

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Hanky panky. Va por ti, Ada.

¿Y en el American bar? ¿Qué pedir en el American bar? La idea del White lady se me pasó por la cabeza. Al fin y al cabo, en algún muro del lugar hay emparedada una coctelera con uno dentro, que dejó Harry Craddock durante una reforma. Pero me apetecía algo con un poco de amargo, así que preferí homenajear a Ada Coleman en un acto de sororidad retroactiva y pedirme un Hanky Panky, la única de sus creaciones que Craddock tuvo a bien incluir en el Savoy Cocktail Book, y que en cualquier caso resultaba más apetecible antes de ir a cenar. Un vermut dulce ligeramente amargado por el Fernet Branca, que, como la propia carrera de Coleman, resultó demasiado corta para un escenario tan maravilloso.

Shims: cócteles bajos en alcohol

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No hace falta ser un lince para darse cuenta de que los calores del verano no son el momento más propicio para meterse un lingotazo de alto octanaje entre pecho y espalda. La canícula exige tragos frescos y todo parece llevarnos a la ruta sangría-mojito-cosa-tropical. Una ruta que puede hacernos perder el norte, porque ni es todo el monte es orégano ni toda bebida que lleve menta y/o fruta es necesariamente una caricia alcohólica. Además, ¿por qué renunciar a copas más formales sólo porque hace calor?shims

La intención de Dinah Sanders escribir The Art of the Shim: Low-Alcohol Cocktails to Keep You Level seguramente no fuera pensar en los que estamos sufriendo la ola de calor en el asfalto. De hecho, como pone el lema de la contraportada del libro el objetivo es More drink: Less drunk, es decir, algo así como Más bebida: menos bebido. Vamos, que su definición del nombre con el que bautiza estos cócteles bajos en alcohol, Shims («astillas» en inglés) es la de un combinado que contiene menos de 15 ml de cualquier destilado con un más de 40º de alcohol. De ellos te puedes tomar una o dos copas e incluso plantearte la tercera sin descender al territorio «canción de Tom Waits».

Cosas que me han gustado del libro: Se trata de un tomo pensado para el bartender casero, por lo que asume desde el principio que el lector es un poquito inútil hay que acompañarlo. Se proponen diversas maneras de elegir qué queremos beber (por ingrediente, por era, por tipo de cóctel…) y la selección de bebidas es muy ecléctica, que es un modo fisno de decir que hay desde ilustres antiguallas como el Sherry cobbler hasta recetas cedidas por bartenders de los bares que han liderado el renacimiento actual de la coctelería.

Cosas que me han gustado menos del libro: La parte histórica de cada receta es brevísima, y en ocasiones no es correcta del todo (ojo, posiblemente lo fuera en el momento en que se editó el libro, porque siguen aflorando datos sobre la historia de la coctelería, y la ubicuidad de ciertas leyendas hace que este terreno sea un jardín minado). Mi queja principal respecto al libro es que a menudo en las recetas se nos exige una marca concreta de cada destilado. Aunque tengo muy claro que las diferencias entre marcas pueden llegar a ser grandes, quizás hubiera preferido que se ofrecieran algunas alternativas o se prescribieran categorías más amplias, porque el aficionado casero a la coctelería no siempre tiene espacio o recursos para almacenar mucha variedad de botellas.

Conclusión: Un buen libro para los que entienden que una gran copa y un copazo no son necesariamente lo mismo.

¿Pondrás una receta, no? Alguna ya he publicado, como la del Apparent sour, pero vayamos por la que encabeza estas líneas: el Diplomat. Se trata de un cóctel removido, es decir, para el que se utiliza la cuchara ésa que venía con el kit de gintonic que daban con la cartilla del Marca, y que apareció en plena Prohibición, en 1922, en el libro Cocktails: How to Mix Them, de Robert Vermeire (por cierto, si por una de aquellas casualidades de la vida alguien puede aportar algún dato sobre este bartender, el investigador y escritor François Monti está buscando información sobre él). Sanders propone una variación a este cóctel consistente en sustituir el vermut dulce por la mezcla de licores británica Pimms’ nº1. Aunque adoro la Pimms’cup (un rápido vistazo a los archivos del blog lo demuestra), me parece que la variación roza el larguero del empalague. Aunque la mayor parte de versiones piden copa Martini para servirlo, yo aquí hice caso a Sanders y lo serví en un vaso de Old Fashioned.

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45 ml de vermut seco

15 ml de vermut

Un golpe de marrasquino (¿unos 5ml?)

Dos golpes de bitters de naranja

Piel de limón para la decoración

Enfriar el vaso y añadirle un cubito de hielo, a ser posible grande. En un vaso mezclador, remover con hielo los ingredientes. Servirlos colándolos en el vaso. Decorar con la piel de limón.

 

Guerra fría: vodka versus bourbon

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Post breve sólo para linkar a una colaboración mía en la revista O, para la que escribo sobre cómo la Guerra Fría entre USA y la URSS también se desarrolló en el terreno de las bebidas y los cócteles, en la que repaso no sólo algunos combinados con nombre marcial, sino que le echo una ojeada a cómo los destilados se utilizaron como arma arrojadiza o pieza para negociar entre presidentes estadounidenses y premieres soviéticos. Recordad que podéis encontrar mis artículos y posts sobre coctelería en otros medios si consultáis la pestaña «Mis artículos» en el menú principal, o le dais al link.

Shrubs: cuando beber vinagre es bueno

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Shrubi dubi du

¿Vinagre? ¿Has leído «vinaaaaagre»? ¡¿Pero qué diseh, locah?! No nos alarmemos, no me he vuelto majara. La primera vez que oí hablar de los shrubs a mí también me pareció un concepto extraño. Al fin y al cabo, si has crecido yendo a catequesis te habrán contado que a Jesucristo los soldados romanos le metieron una esponja de vinagre en la boca como tortura cuando estaba moribundo. Sólo que, sea por falta de información o por una visión torticera del asunto, los romanos eran bastante más piadosos de lo que te dieron a entender. Las legiones recibían una parte de su sueldo en forma de posca, un vino agrio o vinagre mezclado con agua y hierbas, que era muy popular, más salubre que el agua y tenía la virtud de calmar la sed. Así que a partir de ahora cuando nos preguntemos «¿qué han hecho los romanos por nosotros?» añádamosle a la lista el vinagre como bebida.shrubs Originalmente, los shrubs no llevaban vinagre. Eran una receta de ron, frutas y azúcar popular en la Inglaterra del XVII y los primigenios Estados Unidos, que a su vez descendía de los sherbets árabes (que también dan nombre a los sorbetes). Pero pronto la bebida cedió su nombre también a una serie de vinagres de frutas medicinales que, para más INRI, estaban muy ricos de beber y servían de método para alargar la vida de la fruta madura. Todo esto lo cuenta Michael Dietsch en su libro Shrubs: an old fashioned drink for modern times, además de un buen número más de datos curiosos sobre esta especie de protosour mix, que es una bebida clasificada como Arca del Gusto (y, por ello, digna de ser preservada para evitar su desaparición) por Slow Food en Estados Unidos. Yendo más a lo que importa, Dietsch ofrece también un montón de recetas y trucos para preparar shrubs en casa, sobre todo de la variedad avinagrada. Y como en verano la fruta va bien de precio y apetece, puse a prueba algunas de estas recetas. Comencé con la del shrub de albaricoques y desde que me preparé me he enganchado a tomarlo con sifón a modo de refresco o en algun cóctel como el Shrubi dubi du que os presento luego. El sabor de la fruta es el protagonista, y el vinagre corta la sed de inmediato, lo que lo hace extremadamente refrescante y agradable. Única pega: enseguida apetece otro vaso. También probé a agregar 40 ml en una Pimm’s cup y el resultado me gustó muchísimo, porque añade una capa más de sabor frutal al clásico del verano inglés.

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Pimm’s cup con shrub de albaricoque y gato.

Shrub de albaricoque (receta de Michael Dietsch, ligeramente simplificada) Ingredientes Medio kilo de albaricoques 150 gramos de azúcar 175 ml de vinagre de sidra También harán falta un bol de cristal, un mazo, plástico transparente, un colador y un bote limpio (mejor aún, esterilizado) de medio litro, con tapa de rosca. IMG_7906 Poner los albaricoques y el azúcar y aplastarlos hasta que queden con una textura de compota. Tapar el bol con el plástico y dejarlo en la nevera un día entera. Colar la «compota», añadiendo el vinagre para asegurarnos de que se filtre el máximo de pulpa posible. Repetir la operación si es necesario. Guardar en el tarro en la nevera durante una semana antes de utilizarlo. En teoría, si el bote está limpio y hemos observado una mínima higiene, el shrub nos puede durar hasta un año en la nevera. b3XpHklVT4Cy3tnS.jpg Shrubi dubi du Michael Dietsch comenta que la combinación entre manzanilla y albaricoques armoniza muy bien, lo que me llamó la atención enseguida porque soy muy fan de la manzanilla en infusión (de la otra también, pero eso hoy no toca). Por ello apliqué uno de los trucos más sencillos del repertorio coctelero: dejar macerar durante unos minutos una bolsa de infusión en vodka et voilà! 40 ml de vodka 1 bolsita de manzanilla 40 ml de shrub de albaricoque 15 ml de miel Sifón Pon el vodka en un vaso bajo o una taza, mete la bolsa de manzanilla dentro y vete a hacer otra cosa durante cinco minutos. No, ¡ni se te ocurra calentarlo!. Retira la bolsa de manzanilla y tírala a la basura. Pon hielo en un vaso de Collins (el de tubo de toda la vida) y mezcla todos los ingredientes menos el sifón. Ahora sí, añade el sifón. Sirve con una pajita.

Bares: Solange estrena carta inspirada en James Bond

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Solange. (Foto de George Restrepo).

Solange no es sólo el nombre de la hermana de Beyoncé, sino que también lo lleva una de las más conocidas chicas Bond, y uno de los bares de cócteles de más éxito de Barcelona. Abierto hace apenas un año, cuando parecía que ya no quedaba sitio en la calle Aribau para más coctelerías, Solange era una apuesta algo arriesgada por su estética clásica y sofisticada, algo alejada del espíritu del moderneo. De entrada, la apuesta de Alfredo Pernía -de ilustre familia mezcladora, creadores del Tándem, unas cuantas manzanas más abajo- estaba en crear un local que no remitiera a ninguna época concreta. Ni a garitos a lo Jerry Thomas, ni speakeasies, ni años sesenta, sino a un cierto lujo intemporal. Y todo, desde las lámparas hasta la cristalería, sigue una misma imagen, cuyo único referente estético pueda ser la guarida de un supermalo de la serie Bond. Hay bares en las que una se siente con más ganas de charlar y discutir, en otros a apetece reírse, y en algunos una se siente bastante (más) elegante y sofisticada de lo que es. Así que entre lámparas de cristal y vasos tallados, casi te puedes imaginar a ti misma intentando sirlarle una maleta con códigos nucleares a 007.

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Pernía, Alfredo Pernía.

La nueva carta del Solange, que Pernía ha creado junto a Miguel Pérez (anteriormente con Mario Sandoval, en Madrid) y Gustavo Darrigo, va más allá de la mera evocación de los martinis de James Bond, que ya sabemos que una traducción loca convirtió en mezclado, no agitado. Su apuesta es más ambiciosa y más allá de la mera transcripción de referencias cocteleras del universo de Ian Fleming busca convertir la carta casi casi en una aventura interactiva o un juego de rol. El término «gamificación» se ha sobreutilizado en el mundo empresarial, pero si un negocio hay susceptible de tomar tintes lúdicos, ése es el de dar de beber. Se trata pues de una carta que apetece probar no sólo por los propios cócteles, sino por su cuidado y divertido envoltorio, una experiencia en sí misma.

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Rosa Klebb, sedienta de «sangre».

Nosotros pudimos probar una buena muestra del menú recientemente, acompañada -por suerte- de algunos platos para maridarla y así valorar un poco su dimensión (con la consiguiente siestaza posterior…). Al parecer, en el futuro es posible que se lleven a cabo iniciativas similares abiertas a la clientela en general, aunque por el propio formato del local, de momento será para grupos reducidos.

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El Señorito, similar a un Adonis (e igualmente rico).

Respecto al contenido del menú, según nos contó el equipo de Solange, hay una apuesta por combinados fáciles de beber, frutales y algo ácidos, en la que no faltan copas para compartir y cócteles sin alcohol. Obviamente, están muy bien preparados -no voy a descubrir yo ahora quiénes son estos bartenders- pero hay que saludar su capacidad de sorprender estéticamente, del pequeño momento de sorpresa deliciosa que supone pedir uno de estos combinados y que junto a la copa aparezca un sobre con una misión, o que se «desbloqueen» cinco cócteles secretos más de la carta. ¿Artificio? Sí, vale. Pero la teatralidad está en el alma de la coctelería. Lo del «showcooking» no lo inventaron los cocineros.

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Miguel Pérez, Alfredo Pernía, Gustavo Darrigo (Foto de George Restrepo).

El Rosa Klebb, nombre de mala malosa de la RDA, llega junto a una bolsa de sangre bloodymariosa y una bala llena de pimienta. El Blue Ringed Octopus remite a la estética ochentera del 007 de Roger Moore. Otros llegan ahumados, vestidos, acompañados de música… Se nos pidió que no destripáramos las sorpresas de la nueva carta de Solange y no seré yo quién lo haga. Al contrario, me quedo con ganas de volver pronto y descubrir las que, a buen seguro, aún quedan ocultas.

Solange Barcelona. Aribau, 143, Barcelona. Telf 931 64 36 25

Mad men: beberse la vida hasta el final

SPOILERS POR UN (VASO DE) TUBO Y DIVAGACIONES VARIAS SOBRE (LAS BEBIDAS DE) LA SERIE

«No puede ser casualidad», pensé. Los primeros planos de Mad Men son de un Old Fashioned. Y el último capítulo, emitido el domingo en Estados Unidos, terminaba con un anuncio de Coca-cola. La odisea de Don Draper y sus compañeros de agencia comenzaba en un bar lleno de humo, con Don haciendo un solitario brainstorming y terminaba a plena luz del sol con -quizás- una epifanía que desembocaba en uno de los spots más icónicos de la historia de la publicidad: «Hilltop», o, cómo se lo conoció por estos lares «Al mundo entero quiero dar un mensaje de paz». En medio habían transcurrido siete temporadas, unos diez años en tiempo de ficción, en los que el alcohol había sido un personaje más. Yo misma escribí sobre ello para Culture Cocktails, y no soy ni mucho menos la única. Se ha hablado mucho ya sobre la evolución de la coctelería que retrata la serie, de cómo ésta refleja los cambiantes hábitos de consumo, el auge de los clásicos y su posterior decadencia, así de la influencia cultural que ha tenido la serie sobre los aficionades a los cócteles de hoy en día. Su papel en el revival del Old Fashioned es innegable, y la propia cadena AMC capitalizó este interés a través de su web y una aplicación.

Pero Mad Men ha adoptado una actitud poco complaciente hacia el alcohol. Las copas no han servido sólo para caracterizar personajes o situaciones (Peggy pidiendo un Brandy Alexander en una cita, el Blue Lagoon de las vacaciones en Hawai de Don y Megan), sino que han servido como elemento dramático (el accidente con el cortacésped, el alcoholismo de más de un personaje) y, más aún, han servido de metáfora de la gran pregunta que se plantea la serie: ¿cómo aceptarse a uno mismo y encontrar la felicidad? Entre los three martini lunches de Draper y Sterling y su patetismo borracho hay una línea muy fina. El capitalismo propone que definamos nuestra identidad a través de nuestros hábitos de consumo. Y allá donde al principio de la serie se bebe artesanalmente, copas preparadas una a una por un barman, que a menudo adormecen al tiempo que inspiran, al final de Mad Men triunfan las cervezas bajas en calorías y un refresco universal (=impersonal) que proporciona falsa sensación de lucidez. O, como se dirá en apenas unos años, sensación de vivir.

 

 

Ganadores Concurso Ginebra Con Cosas

Bueeeeeno, por fin doy por cerrado el 1e Concurso Ginebra Con Cosas. Con algunos retrasos, pero por fin he dado por cerrada esta edición de un evento que espero que se repita en el futuro. Sin más dilación, os cuento los ganadores en cada categoría, elegidos al alimón por mí y tres personas que saben más de esto que yo, como son Mauri Jiménez, de Cocktailsperquèsí, Juanjo González, de Club Caribbean y Jordi Luque, de The Shaker and the jigger. Hubo pocas entradas, no nos engañaremos, pero…. ¡qué nivelón! ¡Estáis muy enfermos, queridos concursantes!

Para darle un poco más de suspense (pronúnciese suspans, a la pijifrancesa), primero os muestro las entradas con sus respectivos comentarios, y al final, los ganadores de cada categoría. Anunciaros también que ha quedado desierta la categoría profesional (¡cobardicas!), pero que eso nos ha permitido deshacer un empate que se había planteado. Sin más dilación os presento cada entrada con el comentario remitido por cada concursante y agradezco a los miembros del jurado que se hayan prestado al trauma que les habrá quedado a dar su opinión profesional:

Categoría Gin Tonic

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1- «El Gintoñic – Gintonic racial, con rodaja de chorizo, nada de verdurajas. El pimentón aporta notas picantes y ahumadas a este brebaje. Si se hace con Larios, mejor que mejor. Por racial y porque «los experimentos con gaseosa».

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2- «Mi propuesta es una recreación del gin&tonic del cuñao al que le han regalado una caja de especias por su cumpleaños. Podemos encontrar enebro a mansalva, cardamomo a puñados y dos flores de hibisco para darle un tono rosado cuqui. Como hay que comer 5 piezas de fruta al día, incluye una decoración de mandarina y plátano con las sobras de la merienda del niño.

Gintonic-under-the-sea

3– «Es un gin tonic estándar con una pizca de sal para darle el toque marino»

Categoría fantasía

la foto 1

1- «Dry Martini Sucio y Cañí. Un clásico Dry con banderilla de toda la vida y una cucharadita del caldo de los encurtidos. Este SÍ que es un cóctel recomendable. Queda francamente bueno y se puede ir disfrutado de la banderilla bocado a bocado, mejor que con sólo una triste aceituna.»

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2-  «Magaluf Dreams. Se trata de una versión del Long Island Ice Tea que algunos bartenders americanos llaman AMF (Adiós, Mother Fucker). En serio. La receta es:

1,5 cl de Blue Curaçao
1,5 cl de vodka
1,5 cl de gin
1,5 cl de ron blanco
1,5 cl de tequila
1,5 cl sour mix
Top de 7 up
Preparado directamente en vaso de tubo y decorado con dos removedores de guarrillas, «puesta de sol» de naranja, dos sombrillas y flamenco Miami Vice. Todo muy elegante y, por qué no decirlo, almodovariano.»
¡REDOBLE DE TAMBOR!
Los ganadores en la categoría Gin Tonic, empatados a número de votos, son el Gintoñic, presentado por Angus Bad Blog Boogie y el Gin Tonic Salado de Sara Fernández. La ganadora en la categoría Fantasía es Elvira Aldaz con su Magaluf Dreams, que nos tiene a todos a un paso del balconing. Felicidades a los tres por ser los desagraciados y en breve me pongo en contacto con vosotros para haceros llegar el premio.