Guest bartending benéfico en Magatzem Escolà

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¡Menudo planazo el del próximo martes! La gente de Magatzem Escolà monta un sarao muy especial de 18:00 a 21:00 y lo hace con una muy, muy buena causa: recaudar fondos para el Hospital Infantil de Barcelona, combinando en un duelo único el tiki y la coctelería clásica. Y lo van a hacer de la mano de tres peazo bartenders como son Santi Ortiz (33), Vasco Martins (BA de Fernet Branca, ex Tahití y gran conocedor del ron) y Giuseppe Baldi, el alma de los destilados de Escolà. En la fiesta encontraréis a otros nombres y marcas bien conocidos del sector y alguna que otra sorpresa.

Además, durante todo el día, si sois profesionales del asunto podréis disfrutar de las clases magistrales de rones Plantation y Maison Ferrand de la may no de Matthieu Gouze; y de Fernet y Carpano, de la mano de Vasco Martins. Podéis informaros de estas masterclasses llamando al propio Magatzem.

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Volver al Boadas

Hacía mucho tiempo que no iba al Boadas. El viernes volví al Boadas. Habían pasado veinticuatro horas desde el atentado de las Ramblas.

La tarde anterior no conseguí llorar. Seguí lo que estaba pasando por Twitter y por la radio, evitando al máximo ver imágenes de Las Ramblas, pero emborrachándome en cambio de información -no siempre correcta, no siempre desinteresada- a través de los medios que me parecían más inmediatos. No quería que me volviera a pasar como en el 11S, cuyas imágenes, vistas en un bucle eterno por la CNN desde un hotel de Venecia, me han quedado como una cicatriz en la memoria.

Tampoco lloré a la mañana siguiente. Me concentré en el trabajo, escribiendo un intrincado texto sobre un aspecto técnico y no particularmente entretenido de una técnica de coctelería. Lloré ese mediodía, con una foto, ésta:

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La compartió Adal Márquez, el head bartender de Boadas, en su cuenta de Facebook. Gente refugiada en el Boadas -algunos de ellos heridos- la tarde del atentado.

No había vuelto al Boadas en mucho tiempo. Me molestaba pasar por las Ramblas, me molestaba tanto turista. Pero el viernes, al ver la foto, algo se rompió en mí. Los espacios de la ciudad los hacemos las personas. Necesitaba reivindicar mi propia memoria, pisar las Ramblas, cerciorarme de que el Boadas era el Boadas que recordaba y no esta versión de pesadilla.

Hay quien postula, de un modo tan pomposo como cursi, que los bares son como catedrales. No. Si a algo no se va a los bares es a rezar.  Los bares, al final, son sólo espacios donde se dispensan bebidas. Es la gente la que les da su alma. Las personas que acogieron, asustadas, a turistas a tan asustados como ello el viernes por la tarde. Y también las que unieron sus manos para darse ánimos, para estar juntos. El bar, como la vida, lo hacen las personas. Creo que fue por esto que la foto me hizo saltar las lágrimas.

El viernes volví al Boadas y también al Milano, que está en Ronda Universidad, y donde también tuvieron lo suyo. Tenía ganas de encontrarme con aquéllos con los que he trabajado, que me han servido o a las que he servido. Muchos de ellos lo tomaban con la flema propia de los profesionales de la hostelería. “Vimos cosas horribles, pero hoy tocaba abrir”. Hoy escribe Toni Massanés en La Vanguardia que hay que volver a llenar los establecimientos de restauración. Me encantaría poder decir que no tengo miedo, pero mentiría. Sí, lo tengo. Pero ahí estaremos, recordando a los muertos y celebrando la vida.

 

Bares: PDT en Mandarin Oriental

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Griales modernos

El PDT ya está aquí. No es tarea fácil “mover” un bar, y menos cuando a priori el bar es pequeño, tiene un punto de antro, y está en Nueva York. Si además la idea es moverlo a un hotel de cinco estrellas en una de las zonas más caras de Barcelona, la cosa se complica aún más. Pero el PDT barcelonés tiene su cabina de teléfonos, su barra de hot dogs, e incluso su patio trasero y su selección musical propia (pincharme el All my friends de LCD Soundsystem, newyorkitud en estado puro, es un modo sencillo de hacerme chillar grititos de fan fatal). No voy a destripar el resultado de este pop-up en el Banker’s bar del Mandarin Barcelona con muchas fotos, pero todo está ahí. Igual pero distinto.

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Cruzando el umbral a otro mundo.

Joseph Campbell era un estudioso de la mitología cuya teoría del monomito, una especie de leyenda base que supone el esqueleto típico de la mayoría de narraciones, explica por qué funcionan obras tan distintas como Moby Dick y Star Wars. En esta estructura, conocida también a veces como “el viaje del héroe“, el protagonista recibe una llamada a la aventura y se embarca en un viaje del que saldrá transformado. No me voy a extender sobre la teoría de Campbell -aunque es muy chula, y si tenéis un rato podéis leer más acerca de ella aquí– pero una de las etapas del mismo sirve quizás para explicar un poco el boom del speakeasy moderno. Cruzar un umbral y meterse en un mundo distinto, con reglas propias, peligros y elixires que pueden salvar al mundo. El speakeasy es Narnia, el País de las Maravillas, Nunca Jamás. Son los túneles de los Goonies, el bosque de Broceliande para el Rey Arturo… y es el PDT.

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Sin humos

Los cócteles del PDT no obedecen las reglas habituales de la coctelería en tiempos de Instagram. Ausencia total (o casi) de decoración, número limitado de ingredientes (y éstos, aunque a veces de recóndito origen, nada barrocos), hospitalidad a la antigua usanza, gastronomía cuidada pero reconocible y contundente, como deben ser los snacks de bar. No sé yo si esta propuesta se entendería de no venir arropada del nombre de un bar que ha estado en el número uno del mundo y que es habitual del top diez de la lista de los 50 mejores. Ojalá este pop-up sirva para modificar ideas preconcebidas. La definición de un buen cóctel -y quizás la de un cóctel que merezca pagar más dinero – no tiene por qué pasar siempre por hacer el pinopuente con presentaciones o ingredientes. El PDT los trabaja en su esencia: el elixir que nos cambia la forma de mirar el mundo.

Donald Trump como enemigo de la coctelería

Sí, sí, habéis leído bien. Si Donald Trump no se opusiera específicamente a los derechos de mujeres, LGBT+, musulmanes, afroamericanos, pobres y a los de la humanidad en general, todavía quedaría otro motivo para tenerle ojeriza: su complicada relación con la coctelería.

Ejemplo nº1: El Trump Vodka. Sí, amigos. Hace diez años Donald Trump lo presentó a bombo y platillo con el slogan “el éxito destilado”. Hoy en día, ya no está a la venta. El Trump Vodka es otro de los fracasos de este sociópata emprendedor metido a político. Trump predijo que la bebida del futuro sería el T&T (Trump and Tonic). Quién iba a imaginar que la modesta predicción de un abstemio – Trump lo es a causa del acoholismo de uno de sus hermanos- sobre el mercado de las bebidas no se iba a cumplir. Ojo, por lo que cuenta este artículo de Bloomberg, el Trump Vodka no estaba nada mal, al parecer. Pero sus escasas ventas lo llevaron a desaparecer, y hoy en día es prácticamente imposible encontrar una botella. Lástima, porque el anuncio pseudoconstructivista con mucho bling tenía un tufillo a Promesas del Este 100% cambio de milenio.

Ejemplo nº2: Trump odia el tiki. Y no lo afirmo yo, sino que lo dice tal cual Jason Wilson en su libro Boozehound. Citémoslo: “¿A quién no le gusta el tiki? Sólo nos viene una persona a la cabeza: Donald Trump, quien cerró el Trader Vic’s a finales de los ochenta después de comprar el Hotel Plaza. Llamó “hortera” al famoso bar tiki. Sí, Donald Trump le llamó “hortera” a algo […]”.

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Ejemplo nº 3: El “amor” de Trump por la coctelería es recíproco. Para muestra, la campaña que inició el mezcal Ilegal cuando el magnate anunció que pretendía construir un muro que impidiera la llegada de emigrantes (ilegales) mexicanos. La acción de marketing, llamada #ashotattrump (juego de palabras entre “chupito”, “oportunidad” y “disparo”) consistía en hacerse una foto con el hashtag en cuestión y un chupito, e iba acompañada de pósters, proyecciones e incluso camisetas con el slogan “Donald eres un pendejo”. Brindemos, pues, por (y contra) ello.

Noticia (de hecho, notición): Please don’t tell se instala en Barcelona

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Jim Meehan y Jeff Bell, del PDT.

“No se lo digas a nadie”. El lector de este blog posiblemente sepa ya que el Please don’t tell o PDT es uno de los bares míticos de Nueva York. Señalado a menudo como uno de las mecas del renacimiento de la coctelería, el PDT es el bar que mejores clasificaciones ha recibido históricamente en la lista de los World’s 50 best bars, que llegó a encabezar en 2011. Creó escuela con su concepto de speakeasy moderno, al que se accedía a través de una cabina de teléfonos camuflada en una tienda de hot dogs. ¡Carajo, si incluso creó escuela vendiendo hot dogs en un bar de cócteles! Y su recetario fue uno de los primeros en salirse del sota-caballo-rey de los libros de recetas editados a peso para hacer bulto en estanterías caseras y, en cambio, editó un recetario-manifiesto de cómo querrían ser el resto de los bares cuando se hicieran mayores.

Y ahora ya es público. El PDT viene a Barcelona.

La noticia es ésta: Del 1 al 30 de septiembre Please don’t tell se instalará en el Banker’s bar del Mandarin Oriental de Barcelona, en el que se recreará el ambiente del bar de Nueva York (incluyendo una entrada secreta a través de una cabina de teléfonos). Al frente de la barra estará Jim Meehan, el fundador del bar, junto a Jeff Bell (director general del bar y ganador de la World Class 2013) y a Nick Brown, bartender del local. Y -no podía ser de otro modo- también habrá hot dogs. Está vez estarán a cargo de Carme Ruscalleda, Ángel León y Gastón Acurio, los cocineros que se encargan de los distintos restaurantes del hotel, y de otros dos top como son Albert Adrià y Joan Roca. Los hot dogs se venderán a un precio único y parte de su importe se destinará a fines benéficos. Éste es el quinto pop up de Please don’t tell, después de su paso por París, Melbourne, Hong Kong y Tokio, y para disfrutar de él habrá que hacerlo por estricta reserva. Las reservas podrán hacerse en el mail mobcn-pdtbankers@mohg.com y en el teléfono 610726449.